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Entrevista a Mabel Giammatteo, especialista en lingüística

Mabel Giammatteo es doctora en Letras por la UBA, especializada en Lingüística. Da clases de Gramática en la Facultad de Filosofía y Letras. Se formó como investigadora con la doctora Ofelia Kovacci y lleva dirigidos varios proyectos de investigación sobre el léxico y el aprendizaje. Uno de ellos, desarrollado para apoyar a un grupo de alumnos de 9° año de EGB del conurbano bonaerense, fue premiado con una beca del Banco Río. En esta entrevista explica que trabajar la palabra ayuda a los adolescentes a pensar y los prepara para las exigencias de la universidad.

(21/06/06 – CyTA-Instituto Leloir. Por Florencia Mangiapane y Bruno Geller)

-¿Qué la motivó a elegir la carrera de Letras?

-Soy Bachiller en Letras. Hice el secundario con orientación, porque me interesaba muchísimo la literatura. Confieso que la gramática no era lo que más me gustaba. Cuando terminé el colegio fui a estudiar Teología a la UCA, porque estaba en una etapa mística, que me duró muy poco. En el ’73 me anoté en la carrera de Letras. Hice las dos orientaciones: lenguas clásicas y lenguas modernas. Lenguas clásicas me daba más formación, más disciplina, y Lingüística fue una materia que me enloqueció. Ya cuando empecé a trabajar en investigación me incliné por esto. Me fui dando cuenta de que la literatura sólo me encantaba para leerla, pero no para hacer análisis. Me gustaba algo más científico.

-¿Cómo decidió dedicarse al tema que está trabajando ahora?

-Entré bastante joven en la cátedra de Gramática, cuando estaba a cargo de la doctora Ofelia Kovacci. Trabajábamos cuestiones más teóricas, pero siempre nos interesamos por los temas aplicados. Justo en el ’84 hubo una explosión del ingreso en la Facultad, entonces entramos un grupo de gente de la misma generación, que seguimos trabajando en la cátedra. Nos preocupaba la capacidad de comprensión de los alumnos, que no venían como antes, ya se decía en esos años. Ahora el deterioro es mucho más fuerte.

-¿Qué problemas estudiaban?

-Abarcamos comprensión y producción. Algunos se dedicaron a estudiar el resumen, otros las monografías, otros el texto oral. No había en ese momento trabajos en español sobre textos académicos. Y dentro de la cátedra comenzamos a ver esas dificultades. Ahora hay mucha producción sobre el tema. Después, cuando Kovacci estaba por jubilarse, nos sugirió que cada uno armara su propio grupo. Entonces con otros miembros de la cátedra decidí empezar a trabajar particularmente el aspecto léxico.

-¿Cómo estudian el léxico?

-Trabajamos el léxico en el sentido instrumental, es decir, como herramienta para producir mejores textos, para comprender mejor, pero también nos interesa mucho el aspecto cognitivo, o sea cómo el léxico permite penetrar en las distintas disciplinas. Nos interesa indagar cómo tenemos “enganchadas” las palabras en la mente, cómo accedemos a ellas cuando las queremos usar, cómo vamos incorporando otros significados más especializados, por qué a veces respondemos desde lo más elemental y nos cuesta ver que las palabras tienen otros significados.

-¿En qué año formó su propio equipo?

-Tuve el primer proyecto de investigación en 1998, con subsidio de UBACyT, que implica dedicación exclusiva en la UBA. En 2004 ganamos con el equipo la beca Banco Río para investigación, los únicos de Humanidades. Somos un equipo bastante grande, de unas 15 personas de distintas especialidades, incluso de Sociales y Psicología. Tenemos gente muy formada y también becarios más jóvenes.

-¿En qué consistió el proyecto de investigación por el que obtuvieron la beca?

-Implementamos un entrenamiento léxico integral de un grupo de 9° año de EGB de una escuela de Burzaco, en Almirante Brown. Hicimos un diagnóstico y diseñamos un cuadernillo de entrenamiento léxico, que aplicamos durante un año.

-¿Cuál era el objetivo?

-Intentamos desarrollar las capacidades lingüísticas a través de estrategias, que tienen que ver con todos los niveles de la estructura lingüística, incluso la valoración. Parece mentira, pero cuando a los chicos se les pide resúmenes lo máximo que hacen es copiar el texto, pero no se llegan a “apropiar” del texto. Hay un recorte, y si hay una valoración es desde el otro extremo, desde lo subjetivo. Desarrollar las capacidades lingüísticas es muy importante como paso previo a la universidad.

-¿Qué resultados arrojó la experiencia?

-Fue positiva porque se logró que estos chicos de 14 y 15 años, dispersos y sin hábitos de estudio, llegaran a manejar las relaciones de sentido que existen entre las palabras y pudieran elaborar cuadros sinópticos y mapas conceptuales de textos académicos.

-¿Ahora cómo sigue el proyecto?

-Bueno, vamos por la segunda etapa. Hicimos una segunda versión del cuadernillo, ampliada y revisada, que estamos aplicando en el Liceo N° 5 de Capital, en Caballito. Es un complemento para la clase de Lengua, que trabaja la palabra, sus relaciones y su uso en los textos, tanto expositivos como literarios y de opinión. Los chicos de Burzaco eran de una zona muy desfavorable, con muchas carencias. Ahora la idea es trabajar con chicos de clase media para ver qué pasa.

-¿Está disponible el cuadernillo?

-Queremos publicar una versión para docentes. Estamos ahorrando fondos y la idea es que salga a fin de año, por una editorial especializada en educación.

-¿La iniciativa podría convertirse en un programa para todos los alumnos de Capital?

-Sí, lo estamos intentando. Hicimos una propuesta en la Facultad, que ya fue aprobada, para hacer un curso de capacitación a través de la Secretaría de Extensión, abierto a los docentes. También tenemos contactos para ir a Gualeguaychú, Entre Ríos, y presentamos el proyecto en el Instituto de Profesorado “Joaquín V. González”, de Capital. Pero todavía estamos esperando la respuesta. Los trámites administrativos llevan unos tiempos espantosamente largos.

-¿A qué se debe el deterioro en la comprensión de los alumnos?

-Creo que la clave está en el docente, que está muy desvalorizado, muy deprimido. El docente que ingresa hoy al sistema no es el que ingresaba años atrás, porque la docencia ha dejado de ser una oferta atractiva. Lo básico sería pagarle como corresponde, dignificar la profesión a fin de que sea atractiva para los mejores. Ahora viene gente con un nivel muy bajo, entonces hay que compensarles una serie de carencias. Los maestros tienen desde faltas de ortografía hasta problemas para comprender, todo el sistema se ha ido deteriorando. Todos los docentes vamos contrarreloj, porque no nos dan los tiempos. Por eso con nuestra propuesta no apuntamos sólo a los chicos. Nuestro centro de preocupación es la capacitación docente.

-Al margen del déficit en la formación de los docentes, ¿hasta qué punto influyen los cambios culturales en las dificultades de los chicos?

-Habría que hacer un estudio más profundo, interdisciplinario, porque los jóvenes están frente a otra modalidad de acceso al conocimiento y a la cultura, que comprende lo visual. Si bien hay que sacarle provecho a esa modalidad, no se puede abandonar el libro, porque sería dejar de lado lo reflexivo. Vemos que hay problemas en la comprensión, pero en la producción eso ya es gravísimo. Existe el famoso terror a la página en blanco. Los chicos dan vueltas con la hoja, esperan que toque el timbre para devolverla, como si tuvieran vetada la palabra.

-¿Con la producción oral pasa lo mismo?

-Sí, también les cuesta, siempre que suponga cierta formalidad. Están llenos de muletillas, toda esa cosa de “fierita”, “loco”, etc. El problema es que su manera de expresarse implica que está reducido el desarrollo del pensamiento. Incluso, en ciertas culturas marginales hay un culto de eso, como si dijeran: “No me vengan con sofisticaciones, eso nos es ajeno”. Ellos mismos se están privando así de lograr mejores oportunidades laborales, o posibilidades de continuar estudios.

-¿Cuántas palabras manejan los adolescentes en general?

No hay estudios cuantitativos en nuestro país. En Chile hablan de disponibilidad léxica: analizan con cuánto léxico se manejan los estudiantes de distintos niveles y cuánto necesitarían para manejarse en las distintas disciplinas. Nosotros no tenemos una persona full-time dedicada a cuantificar estos aspectos.

-¿El predominio de la televisión y la cultura visual influyen en los hábitos de lectura?

-Vemos un abandono de la lectura en algunas zonas, donde no hay un hábito familiar de base. En otras, de clase media, no tanto. Últimamente se han producido algunos best-sellers que han llamado la atención de los chicos, por ejemplo Harry Potter, ahora también el Código Da Vinci (para más grandes), que no son maravillas de la literatura, pero por lo menos despiertan el interés y generan el hábito de leer. Pero todos los chicos dedican un 80 por ciento de tiempo a la computadora. Vivimos en una cultura de la imagen.

-Sin embargo la computadora también es un soporte de texto.

-Sí, pero la atención es dispersa. Yo lo veo hasta en los alumnos de Gramática, en la Facultad. Las clases teóricas de Gramática duran dos horas y muchas veces los chicos van, compran una gaseosa, vuelven, cosa que era impensable cuando yo era estudiante.

-¿Cuándo empezó a producirse el cambio?

-La década del ’90 fue fatal. Y esos son los alumnos que tenemos ahora en la Facultad. Se suponía que en el secundario los chicos veían la base de gramática y que nosotros teorizábamos acerca de la lengua. Pero llegan a la universidad y no saben cuál es el pretérito imperfecto. Ahora, primero hay que explicar la gramática básica y después sí, se puede empezar a indicar matices o debates teóricos.

-¿Cómo se está enseñando Lengua en los distintos niveles?

-En los últimos años en la escuela hubo un abandono total del aspecto gramatical y del análisis sintáctico. Las correlaciones verbales y los conectores no se dan o se dan como listas. Y eso es un problema. Ahora hay un movimiento para revertir esta situación. Si queremos analizar textos, necesitamos la gramática. Halliday, un lingüista inglés que impulsó la Gramática del Texto, dice en uno de sus escritos que el comentario de textos sin una base gramatical es un simple comentario que aporta poco y nada. Pensemos que la oración es una puesta en escena de algo. A veces podemos decir la misma cosa, pero focalizando un aspecto u otro, y lo que focalizamos nunca es inocente. El texto, al igual que la oración, es una gran escenificación, donde algunas cosas van tomando prominencia.

-Estudiar esto sirve para entender la posición de un autor sobre un tema.

-Exactamente.

-¿Y cómo se enseña la ortografía?

-En el equipo tenemos una especialista, Marta Raventos, que acaba de publicar un libro sobre ortografía. Creemos en la ortografía más allá de las reglas. Las reglas sirven para pocos casos. Yo no sé por qué “deber” va con “b” y vaca con “v”. Es un problema léxico, que tiene que ver con la historia de la palabra y lo único que nos puede ayudar es retomar el viejo concepto de “familias de palabras”, es decir, trabajar a través de las relaciones. Cuantas más relaciones mentales generemos, mejor podremos disponer o trabajar con las palabras. La ortografía es una marca de las relaciones entre palabras, que sirve para detectar significados en la comprensión.

-¿Los mensajes de texto que se mandan los adolescentes perjudican la ortografía?

-No, si los chicos son conscientes de que lo hacen en el ámbito del habla dialogada, pero no en otro. Lo importante sería conseguir hablantes con registros múltiples, que puedan pasar del ámbito coloquial a otro más formal, al ámbito de especialidad, captar diferencias dialectales entre las regiones. Eso es lo que debería proveer la escuela, pero se ha abandonado ese tipo de herramientas. Sólo se leen cuentos.

-Usted investigó los neologismos recientes en Argentina. ¿A qué realidades aluden?

-Junto con la doctora Hilda Albano, codirectora del proyecto, estudiamos el famoso vocabulario de la crisis de 2001. Tenemos hipótesis sobre cómo surgió el término “corralito”, cómo se extendió del ámbito coloquial a implicar la incautación de los depósitos en los bancos. Y toda la serie de palabras que se derivan, como los “acorralados” (los que tenían plata en el corralito) y los “sin corral” (los más pobres).

-¿De dónde salió la palabra “corralito”?

-Algunos lo adjudican a un periodista. La verdad es que prendió de una manera insospechada, porque fue una manera familiar de referirnos a algo que en realidad era un atropello. Ese término casi tierno sirvió para dar la idea de encierro transitorio y para que nos acostumbráramos a la idea, ya que igual que los animales en un corral, nuestros dineros quedaban presos allí y nosotros sin libertad de retirarlos.

-¿Qué pasó con términos como “piqueteros” y “caceroleros”?

-“Caceroleros” es una palabra que cambió de nivel social. Se usó por primera vez en Chile, cuando salieron las mujeres de clase “acomodada” a protestar contra Allende y acá se tomó el término, pero no para la protesta de la clase alta, sino de la clase media. “Piqueteros” y “caceroleros” en realidad reflejaban dos clases sociales. Una era la protesta de los caceroleros, la clase media, los acorralados, los que tenían dinero, y después estaban los piqueteros, que eran originariamente los que no tenían trabajo. Fíjense la historia de las palabras: “caceroleros”, “cacerolear” y toda esa línea es casi histórica. En cambio, “piqueteros” sigue vigente.

-¿A qué lo atribuye?

-Lo importante es el valor, la connotación social que tenían todos esos términos, no sólo el uso de la lengua, sino cómo a su vez marcaban los distintos niveles de la protesta. También tiene que ver con la dinámica de la lengua: la lengua tiene elementos centrales y otros más periféricos, y a lo mejor en algún momento los periféricos pasan al centro, cobran vigencia, aunque por ahí es temporaria.

-¿Qué términos por ejemplo permanecen en el centro?

-Bueno, el caso de “trucho” es interesante. En realidad lo rastreamos en un texto español, que decía que “trucha” tenía que ver los documentos falsos que se hacían en la época del Proceso, porque en los documentos falsos se ponía otra foto, o sea, otra “trucha”. Salió de una forma vulgar de llamar a la cara. Al ponerle una foto trucha, el documento era trucho, y ahí pasó. Y es un término que ha calado muy hondo en el ser argentino, porque tenemos “trucho”, “truchada”, “truchismo”, “truchar”, “truchísimo”. Ha generado toda su familia y parece que llegó para quedarse. Tenemos radios “truchas”, y toda una serie interesante de aplicaciones del término.

-¿Qué vigencia tiene el lunfardo?

-Goza de muy buena salud. Oscar Conde, un joven profesor de la Facultad, publicó hace poco un diccionario de lunfardo y hay mucha gente que se dedica a investigar cómo se revitalizan algunas palabras viejas de la cultura popular. Por ejemplo, hace dos o tres años los adolescentes reciclaron “bondi”, que era una palabra de la generación de mis padres. Las letras del rock no sólo toman voces del lunfardo, sino que van creando otras nuevas. Parece risueño, pero en el 2003 estuve en un congreso en Leipzig y luego en la Universidad de Salzburgo, Austria, y más tarde recibimos varias becarias de allí que venían para estudiar el lunfardo u obras de distintos autores argentinos. Hay un gran interés, porque es una jerga con muchísima vitalidad.

-¿Por qué a los extranjeros les interesa tanto el español?

-Es una de las lenguas más habladas. Como tiene tantas variantes, atrae muchísimo. Dentro de nuestro grupo hay dos o tres profesoras que están trabajando particularmente con ese tema. Hay cosas que los extranjeros no entienden de nuestra lengua. Y eso hace que ciertas construcciones a las que no prestábamos mucha atención, las empecemos a trabajar.

-¿Por ejemplo?

-Las famosas construcciones pronominales con “se”, que no tienen equivalente. También en el caso del japonés, que no tiene número, se plantea un problema, porque la concordancia es importante en español. Entonces pensamos ejercicios para que los japoneses puedan practicar este rasgo del español.

-¿Qué importancia le asignan en la Facultad de Filosofía y Letras a la investigación?

-La Facultad de Filosofía y Letras tiene mucha trayectoria en investigación. Compite con Exactas por la mayor cantidad de becarios y de proyectos. Sin embargo, el grueso de los ayudantes prácticamente lo hace sin tener ninguna remuneración, porque los que tienen dedicación simple ni siquiera pueden acceder a los incentivos por investigación.

-Entonces la mayor parte del grupo no vive de la investigación.

-Claro, la mayoría vive de la docencia. Muchos también están trabajando en universidades privadas, en la enseñanza de segundas lenguas. Casi todos los fondos del proyecto se usan para financiar la compra de libros y los viajes a congresos. Somos muchos y muy activos, así que nos vamos turnando. Esas experiencias y el propio trabajo en equipo son muy estimulantes, pero penetrar en lo institucional todavía es un esfuerzo enorme, que hay que hacer paso a paso.

Entrevista a Clauss Tully, sociólogo

Claus Tully es ingeniero industrial, sociólogo y doctor en pedagogía de la Universidad Libre de Berlín. Además es investigador del Instituto Alemán de la Juventud, donde se especializa en el estudio de las relaciones entre tecnologías y sociedad. Para este multifacético experto, de visita por segunda vez en Buenos Aires, “las tecnologías construyen la vida social sin que nos demos cuenta”.

(8-08-06 – Agencia CyTA-Instituto Leloir. Por María Eugenia Fazio)

– Usted es ingeniero y sociólogo, ¿qué le aporta cada una de estas carreras para entender la relación entre tecnología y sociedad?

Son dos cosas muy distintas. Cuando yo era joven estaba interesado en entender cómo funcionan las cosas, entonces primero estudié para ser aprendiz de mecánico y después me formé en ingeniería. Pero cuando terminé me pregunté: ¿cuál es el contexto de todo esto? Por eso empecé a estudiar economía y paralelamente sociología, que era lo que más me fascinaba. Haber estudiado esas carreras me permitió obviamente saber cómo funciona un aparato, pero desde siempre me hice la pregunta acerca de ¿cuál es la función social de la tecnología? También cuando estudiaba ingeniería me preguntaba ¿para qué sociedad estamos trabajando? Además, también soy pedagogo, entonces me preocupa cómo se aprende, cómo se dan los procesos de apropiación de las tecnologías.

– ¿Qué diferencias encontró entre alemanes y argentinos en cuanto al uso y el acceso a las nuevas tecnologías?

Se que en Argentina el acceso a Internet se concentra en Buenos Aires, Santa Fé y Córdoba, eso quiere decir que si estás en algunas de estas ciudades podés acceder a la tecnología. Pero si vas a lugares como por ejemplo Misiones, donde yo he estado, te das cuenta que hay una gran diferencia entre las zonas rurales y la ciudad. Si nos referimos al trabajo con estudiantes en universidades, me parece que no hay diferencias, hay computadoras y acceso a Internet. En el sector de educativo me parece que hay una infraestructura que funciona bien. Otra cosa que me parece impresionante es el uso del MSN tanto en Misiones como en Alemania, eso quiere decir que el uso de un mismo aparatito en la cultura juvenil no presenta diferencias. Donde sí puede haber variaciones es a nivel de los gastos, no es lo mismo el poder adquisitivo que hay en Alemania y el que se dispone en países como Argentina.

– Usted ha sido invitado para dar un curso de postgrado sobre la relación entre tecnología y sociedad, ¿cuáles son los rasgos más salientes con los que definiría esta relación?

Es un poco difícil de responderlo sintéticamente porque para eso escribí un libro, pero me parece que lo importante es que la tecnología actual construye la vida social de una forma que no advertimos. Es como lo que nos sucedió con el teléfono celular. Cuando empezamos a usarlo no sabíamos que terminaríamos volviéndonos accesibles todo el tiempo. Con eso me refiero a que ocurren cosas con nosotros sin que tengamos sensibilidad suficiente para notarlo. Cambia la vida social, la vida cotidiana, la forma en cómo organizamos el día, cómo nos comunicamos, cómo tomamos vacaciones y esto alcanza, también, cuestiones acerca de cómo cuidamos o destruimos el medio ambiente. Todo ello depende del uso de la tecnología y de los efectos que producimos, cosas que por ahora no vemos. Es como dice Niklas Luhman respecto a la situación de la ecología, los arroyos y los árboles mueren y si no tenemos una percepción acerca de eso, si no tomamos contacto, perdemos también la oportunidad para actuar. Eso es lo que sucede con la tecnología: si no tenemos claro qué pasa con nosotros no podemos actuar y la tecnología actúa con nosotros, nos convertimos en autómatas que cumplen un proceso y dejamos de ser sujetos libres.

– ¿Eso implica que la tecnología tiene un poder en sí misma, que tiene vida propia?

Pienso que no, lo que propongo no es una forma de ver la tecnología con una dinámica por sí misma – tal como planteaba por ejemplo Jacques Ellul y otros filósofos alemanes que pensaban que la tecnología tiene algo en sí misma o que desarrolla una forma de uso. Creo más bien que se trata de una dependencia del comercio, no es algo en sí de la tecnología. Tampoco es que hay alguien que planea hacernos dependientes de la tecnología. Eso se ve claramente con la accesibilidad, no hay ningún plan para hacer que la gente se vuelva dependiente del teléfono y sin embargo terminamos usándolo, por ejemplo, mientras estamos en la calle para avisar que llegamos tarde a algún lugar. No hay estrategia detrás de eso, se trata de las concepciones sociales que surgen con el uso. A partir de Internet, por ejemplo, el tiempo para responder un mensaje de correo electrónico es normalmente de un día, mientras que antes, cuando nos comunicábamos por carta, las respuestas podían demorar una semana. En la actualidad un día es demasiado y eso tiene que ver con concepciones sociales que no responden a ningún plan, no hay ninguna persona arriba que decide poner Internet y producir una forma de ser accesibles. No hay ningún objetivo previo pero finalmente esta concepción existe.

– ¿Pero entonces la apropiación de la tecnología y las características de esa apropiación suceden simultáneamente con el uso y el contexto en el que se utilizan?

Las nuevas tecnologías tienen muchas funciones, son multiopcionales. Además, el uso que les damos cambia y evoluciona rápidamente. Hoy podés usarlas para hacer una cosa y la semana siguiente para otra, pero no tenés un plan de lo que va a pasar o cómo vas a usar la tecnología, ese es el concepto de contextualización. El uso depende mucho de qué partes de la tecnología adopta cada sujeto, algunos aprovechan ciertas cosas y otras no, hacemos nuestras propias definiciones y no hay una regla general. Sin embargo, es curioso que igualmente llegamos a hacer una definición social, tal como con la accesibilidad, que no es una definición técnica, no es parte de la tecnología, esa función es algo que claramente viene de la sociedad y no del aparato en sí. Me parece que eso es lo interesante.

– ¿Usted diría que la relación entre las nuevas tecnologías y la sociedad es un proceso creativo?

Actualmente hay espacios para hacer definiciones y el espacio es más grande que con cualquier otra tecnología. Por ejemplo, ahora las personas usan el celular para sacar fotos, enviar imágenes, guardar información o jugar. El uso que les damos depende de la definición que hacemos, hay espacios, no hay nada prefijado como antes.

– Si las nuevas tecnologías ofrecen una gran apertura en los usos ¿qué posibilidades tienen de crear riesgos científico- tecnológicos?

El concepto de riesgo varía bastante entre los autores. Luhman, por ejemplo, sostiene que el riesgo es dependiente de las decisiones. La sociedad actual nos enfrenta constantemente a tomar decisiones y a raíz de ello es que surgen dilemas y contradicciones, que a la vez implican riesgos. Ulric Beck, por su parte, plantea una diferencia entre peligro y riesgo. El primer término refiere, por ejemplo, a situaciones en las que una máquina puede presentar un problema que se puede solucionar fabricando un material más fuerte para prevenir un accidente. El riesgo, en cambio, se da cuando se utiliza una tecnología que tiene efectos que no se pueden controlar y que directamente ignoramos. Este sería el caso, por ejemplo, de posibles efectos en la organización del cerebro humano o en la forma de pensar por el uso intensivo de imágenes a través de las nuevas tecnologías. Hasta ahora esto funciona de forma excelente, pero todavía no sabemos qué efectos tiene: ¿los jóvenes van a leer menos? Ya sabemos que está cambiando la forma de escribir pero si no son capaces de escribir a mano, ¿son capaces de leer textos escritos a mano? ¿Es posible que esta capacidad se pierda totalmente en la sociedad? ¿Eso es importante o no? No lo sabemos, porque todavía desconocemos qué efectos tiene el uso de la tecnología y por lo tanto estamos corriendo un riesgo.

– ¿Y qué ocurre con otro tipo de riesgos como el de la exclusión social?

El uso de la tecnología es una forma de incluirse a la sociedad. Pero la posibilidad de estar incluido tiene como contraparte necesaria la exclusión. Resulta que no todos tienen las mismas posibilidades de acceso, los mismos conocimientos o condiciones económicas, lo cual hace que la misma tecnología excluya a distintas personas dependiendo de su género, clase social o nacionalidad. Eso es justamente lo que expresa la idea de “brecha digital”. Internet es, por un lado, una red que incluye cada vez más gente y, por otro, plantea diferencias a través de los contenidos, el equipamiento y la capacitación. Hay países que no tienen acceso a Internet en las escuelas, o no tienen teléfono, o agua, o tienen otros problemas. Esas diferencias se agudizan y se vuelven más restrictivas en un mundo que tiende al funcionamiento global. En ese sentido, las nuevas tecnologías generan una diferenciación que excluye gente y países y así dejan de ser una oportunidad para convertirse en un riesgo.

– ¿El mercado y la industria de consumo, junto a las tecnologías, construyen identidad entre los jóvenes?

La economización y el comercio son actualmente procesos tan importantes y abarcadores que casi no existen espacios sociales que estén fuera del comercio. Desde hace diez años tenemos el celular en manos de los jóvenes, y en ese tiempo se han creado gastos nuevos en la vida cotidiana para comunicarse, viajar, moverse, comprar indumentaria y música, entre otras cosas. Todo eso cuesta dinero y los jóvenes son un mercado importante. Esto es distinto comparado, por ejemplo, con lo que ocurría en los años sesenta cuando había muchísimas cosas para hacer en el tiempo libre sin gastar dinero. Nosotros hicimos un estudio en Alemania para conocer las actividades que realizan los jóvenes por fuera de la escuela, y descubrimos que el 30% comienza a trabajar a partir de los quince años, y esto es por que casi todo lo que quieren hacer tiene alguna relación con el comercio, no hay espacios por fuera de ello.

– ¿Cómo influye este proceso en la creación de violencia?

La violencia tiene mucho que ver con el hecho de si tenés o no un lugar en la sociedad. Si no lo tenés estás enojado y lo mostrás. Esto es lo que ocurre en Francia con los jóvenes inmigrantes, que tienen su pasaporte pero viven en los suburbios, donde claramente no tienen chances. La violencia es una forma de reaccionar, pero no es una forma de protestar, esa es la diferencia con los años sesenta, cuando existían formas de organizar una protesta para mejorar la situación. Ahora se trata de una reacción muy personal contra los demás. En las encuestas que hacemos en Alemania entre los jóvenes la violencia siempre tiene mucha importancia. Los resultados indican que los jóvenes tienen miedo de sus pares. Nosotros tuvimos miedo de la policía, pero no de nosotros mismos, eso tiene que ver con la exclusión por la clase social, por la etnia, que genera una reacción muy particular, que no es una forma política.

– ¿Las nuevas tecnologías son canales para la protesta social?

En los años sesenta, setenta y ochenta la tecnología era la causa de la protesta, la gente joven se manifestaba en contra de tecnologías como, por ejemplo, los complejos nucleares. Era el tiempo de las armas grandes, del este y oeste. Ahora las cosas se dan de otra forma y las tecnologías sirven para organizar una protesta, como ocurre con Greenpeace y con el conflicto por las papeleras. Uno puede conectarse a Internet, informarse sobre lo que ocurre y participar u organizar una protesta. Estrategias como estas son la salida para quienes sienten que se quedan afuera de la sociedad.

– En sus textos usted sostiene que las nuevas tecnologías generan el reemplazo de la institucionalización por la informalización y que cada vez reemplazamos más la manipulación de objetos por la de símbolos ¿cómo es que la tecnología provoca todo esto?

La informalización ocurre cuando las cosas pierden su organización y su estructura. Actualmente, si tenés acceso a Internet podés hacer muchas cosas que necesitás, como trabajar o estudiar, sin depender de nadie, simplemente vas y buscás la información que necesitás. Es lo que ocurre con el uso de las computadoras o Internet, los jóvenes lo aprenden fuera de la escuela y fuera de las reglas. Y por eso el aprendizaje de estas cosas ya no funciona dentro de la estructura canónica de enseñanza de la escuela. Esa es la informalización. En cuanto a los símbolos, por ejemplo, usamos el mp3 que es un símbolo de moda porque tiene un estilo moderno, etcétera. Pero, en realidad, operativamente este aparato funciona peor que otros que, además, son más simples de usar y más confiables. Lo que ocurre es que el mp3 es un símbolo, está de moda y adquiere valor por eso, pero no por su función.

– Hay posturas que se alarman frente a estos cambios.

Yo no creo realmente que la tecnología vaya a romper con toda la tradición, sino que estamos transformando nuestra forma de actuar y de comunicarnos. Lo más problemático, quizás, esté en cómo hacer para desarrollar y estimular nuevas capacidades, que nos permitan seleccionar qué es bueno y qué es malo, en el marco de una oferta informativa tan amplia como la actual. Es cierto que hay cambios y transformaciones en las cosas, pero no pienso que es el fin de la escuela y que en el futuro la gente no va saber hablar y escribir. Ese no es el tema. El problema es capacitar a todos con una base mínima para seleccionar información y entender qué sirve y qué no, y para no excluir gente. No creo que seamos tontos y que la tecnología nos manipule y nos haga perder el tiempo. Simplemente me parece que tenemos un futuro con cambios y que tenemos que pensar de qué se trata y fijarnos en las metas que tenemos. Nosotros pensamos todavía que la escuela es el lugar donde se aprende y que la fábrica es el lugar donde se trabaja, y eso ya no funciona así.

– Existe actualmente un proyecto de Nicholas Negroponte para incorporar un millón de computadoras portátiles en las escuelas de países en desarrollo ¿cree que una iniciativa así puede funcionar?

El problema está en que seguimos pensando en la escuela con la estructura que tuvo siempre, pero con algo nuevo, que es la computadora, en manos de los chicos. La duda es si los profesores están preparados para responder a esa nueva situación. Creo que está clara la idea de introducir las nuevas tecnologías en la escuela, pero no tanto para qué se van a usar. Primero tenés que preparar a los profesores para que también tengan una computadora y una calificación que les permita saber cuáles son los impactos del uso y cómo pueden hacer para instruir a un joven que principalmente quiere jugar. Ellos pueden enseñarle que la computadora también sirve para obtener informaciones o para aprender vocabulario. Esto es difícil, porque los aparatos son tan atractivos para jugar que se necesitan más motivaciones que en otros casos para que los chicos puedan apreciar otras funciones ligadas con el saber y el aprender. Creo, de todas maneras, que se podría enseñar cómo funciona la computadora solucionando, por ejemplo, problemas que se les presentan a los jóvenes mientras están jugando. De esa forma aprenden sin darse cuenta. Esos son los efectos complementarios y, en ese sentido, se puede aprender mucho. Pero el problema es cómo hacer para cruzar una institución como la escuela con un desafío como el de la informalización, es casi como romper la escuela, es una contradicción para la cual se necesita invertir mucho en la capacitación de los profesores y también un cambio en la actitud.

LAS VACACIONES, PROBLEMAS EN LA FAMILIA. Entrevista a la Dra. Graciela Peyru

Graciela Peyrú es médica psiquiatra egresada de la UBA y preside la Fundación para la Salud Mental, una institución sin fines de lucro que organizó la primera línea telefónica de orientación psicológica en 1992. Desde su creación, el 4831-2121 atendió gratuitamente más de 150 mil consultas sobre distintos temas, entre los cuales se destacan en esta época del año los problemas que surgen en las familias como consecuencia de -aunque parezca extraño- las vacaciones, un momento en el que el incremento del tiempo de convivencia desata conflictos que a veces culminan con el divorcio.

Por Ricardo Gómez Vecchio 19/1/07

¿Cuándo comenzó a interesarse en el tema de la familia y las vacaciones?

Hace unos cuantos años que vengo trabajando en temas de familia, como la influencia de la televisión en los niños y el resto de sus integrantes, y siempre me han llamado la atención aspectos que parecen dejados de lado como posible lugar de conflicto, por ejemplo las vacaciones. Esos días se imaginan solamente como un lugar de placer y de encuentro, de felicidad y alegría, pero la realidad dista mucho de los estereotipos que se le adjudican. Las vacaciones no son solamente un lugar de encuentro, placer y disfrute del cuerpo.

¿Cómo pueden convertirse las vacaciones en un campo de conflictos?

En esos días aumentan muchas ansiedades. Uno de los motivos principales se debe a que durante el año las rutinas de los adultos, los niños, los jóvenes y hasta los integrantes familiares de la tercera edad sostienen a la familia como una red de soporte, modulan los tiempos y las frecuencias de los encuentros. En el verano, en cambio, muchas de esas rutinas desaparecen, aumenta la cantidad de tiempo libre y eso en muchas personas genera desestabilizaciones, aumento de las ansiedades, las fobias o las depresiones. A veces se desatan crisis de pánico. El levantamiento de las rutinas para algunas personas vulnerables implica el peligro de caos o desestructuración personal. Muchos de los referentes familiares se mueven, por ejemplo el médico o el terapeuta toman vacaciones, y las personas que están muy apoyadas en esas figuras pueden sentirse con miedo o inseguras. Esto incrementa en parte las fobias y las crisis de ansiedad. También el hecho de que otros de la familia estén viajando aumenta las ansiedades más profundas, por temor a que a alguno de ellos le pase algo.

¿Podría decirse que las vacaciones brindan un marco para que se magnifiquen conflictos que existen durante el resto del año pero que se mantienen encubiertos?

Desde ya que las vacaciones por sí mismas no generan patologías, pero pueden ser un marco que altere el equilibrio emocional de algunas personas. El verano y las vacaciones son más exigentes en cuanto a la convivencia, plantean períodos más extensos para estar juntos, de modo que los conflictos de pareja, que durante el año pueden estar encubiertos porque muchos salen a la mañana y vuelven a la noche, en las vacaciones tienen 24 horas para manifestarse. Por eso se dan también los llamados divorcios del fin del verano, al final de las vacaciones.

¿Muchas familias presentan conflictos durante las vacaciones?

Las familias no siempre consultan en el momento en que se presenta el conflicto; suelen consultar más tarde. Es decir, debiéramos esperar un aumento de consultas en marzo, abril o mayo, pero eso no ocurre tanto porque en esos meses ya están de nuevo en funcionamiento los estabilizadores, las rutinas. Hay crisis que no se expresan en las consultas. No obstante, nosotros hacemos una campaña de prevención y muchas personas nos agradecen que nos ocupemos de este tema. En verano tenemos un número de llamadas importantes en nuestra línea de atención telefónica.

¿Cómo puede prevenirse que se desaten conflictos durante las vacaciones?

Primero, con la divulgación sobre el tema. Es importante que todos sepan que pueden surgir problemas familiares durante las vacaciones, no tienen que sentir que es tan extraño, ni que son los únicos a los que les pasa, ni que simplemente tendrían que estar disfrutando porque en las vacaciones deben ser felices. Consultar por este motivo es una buena prevención para evitar crisis más graves.

¿Cuáles son los principales problemas que se desencadenan frente a las vacaciones?

Aparecen ansiedades ligadas al cuerpo, por la pérdida de la cobertura corporal. Hay personas que directamente no salen de vacaciones por no tener que exponerse y mostrar su cuerpo. Esto a veces forma parte de un trastorno en la percepción del propio cuerpo. En casos de obesidad se sufre la condena social que hay en relación con la gordura. Estas personas se sienten incluso mucho más deprimidas que en el invierno. Por otra parte, hay crisis de ansiedad, que tienen que ver con la falta del sostén de las actividades de todo el año. Y también hay depresiones por soledad. Quienes tuvieron una ruptura de su relación de pareja tienen problemas para organizar las vacaciones sin su compañía; si tienen hijos, cada uno de los padres va con ellos y pueden sentir una sobrecarga, sufrir ansiedad o depresión. Hay una serie de situaciones que llevan a que la exigencia de preparar las vacaciones traiga más ansiedad y depresión que alegría.

¿Y qué dificultades de relación enfrentan las familias en las vacaciones?

Depende de cuánta afinidad tengan las parejas, cuánto compartan sus gustos o cuan distintos sean. Las vacaciones aumentan la necesidad de las parejas de negociar, desde el lugar al que van a ir, hasta las cosas cotidianas que van a hacer, la hora de levantarse, el tipo de desayuno, si salen o no a caminar, si practican o no deportes, si hacen o no excursiones, etc. Nosotros les recomendamos comenzar a negociar estas cosas mucho antes de las vacaciones. Negociar no es imponerse, ni someterse, es conversar, intercambiar opiniones y hacer las elecciones lo más democráticamente posible. No es tan fácil complacer al otro, y a veces aparecen los pases de facturas demorados o las caras de sufrimiento en medio de las vacaciones. Además, suele ocurrir que la familia en las vacaciones es más extensa que la pareja y sus hijos, muchas veces van los abuelos u otros familiares, con lo que la situación se hace más compleja.

¿Con respecto a los adolescentes, aparecen conflictos en las vacaciones que no se manifiestan en el resto del año?

Sí, aparecen conflictos con los límites. En general en las vacaciones se relajan los límites, entonces los adolescentes ponen en discusión hasta a qué hora pueden salir y también a qué hora tienen que levantarse, ya que no están limitados por los horarios del colegio u otras obligaciones. Esto se extiende al regreso de las vacaciones, porque los límites se han relajado y cuando se vuelve al hogar cuesta ajustarlos de vuelta.

¿Qué elementos brinda la Fundación para prevenir estos problemas?

Nosotros ponemos a disposición de la gente nuestra línea de consulta psicológica gratuita que funciona desde hace ya 15 años. En ese tiempo hemos atendido más 150 mil llamados. Es la única línea que existe que no está especializada en un tema en particular, a la que puede llamarse ante cualquier problema. Está atendida por 40 especialistas y trabaja todos los días a excepción de los domingos, de lunes a viernes de 8.00 a 20.00 y los sábados de 10.00 a 14.00. Hemos comprobado que son los horarios en que la gente más se comunica. En general hay muchos llamados los lunes, porque la gente tiende a llamar luego de los días en que las convivencias son más extensas, como los fines de semana.

¿Llaman más hombre o mujeres?

Inicialmente llamaban muchísimas más mujeres. En general en salud mental consultan más las mujeres. Por ejemplo, cerca del 60% de las consultas por depresión, aquí y en todo el mundo, son de mujeres. En otros trastornos no hay tanta diferencia, consultan muchos hombres y también actualmente consultan muchos jóvenes. Inicialmente la mayoría de los llamados a nuestra línea los hacían adultos y gente de la tercera edad, pero actualmente llama mucha gente de menos de 30 años por síntomas de ansiedad, crisis de ansiedad, trastornos obsesivo compulsivos y ataques de pánico.

¿Qué se le pregunta a una persona cuando llama?

En primer lugar, se pone el acento en establecer un diálogo para construir un vínculo de ayuda. Las personas llaman porque están muy angustiadas o porque tienen un problema, consultan y nosotros preguntamos cómo son sus condiciones de vida, si están solos o acompañados, quien los rodea, desde cuándo tienen ese problema. Nuestro orientador se identifica con su nombre de pila y en general la persona que llama también. Solemos pedirles el teléfono por si se corta la comunicación. Pero lo más importante es establecer cuál es la urgencia de ese llamado, cuán urgente es atender a esa persona, cuán en riesgo está. Se valora como muy importante el hecho de que haya llamado y se comienza a trabajar tanto en el registro de las dificultades como en sus potenciales de salud. Siempre se produce en la persona que se comunica un alivio por llamar, por ser escuchado y comprendido por alguien que puede brindarle algo de claridad a su problema y algunas alternativas de solución.

¿Es suficiente la orientación telefónica para resolver los problemas?

Cuando es necesario o posible ofrecemos una entrevista de orientación personal. También orientamos a quienes llaman sobre los lugares donde pueden recibir atención. En general el equipo hace un seguimiento, si la persona lo desea, para ver cómo sigue su problema, cómo se encuentra. Armamos una ficha que tiene la función de que todos los integrantes del equipo puedan estar al tanto de lo que le ocurre a esa persona, en caso de que se comunique en un horario en el que no está el orientador que lo atendió.

¿Cuál es el principal objetivo de este servicio de consulta telefónica?

Nuestra línea de trabajo trata de rescatar que todas las personas tienen potenciales de salud, que pueden descubrir y activar a partir del apoyo que se les brinda. También apunta a que, cuando alguien está angustiado o muy triste, y si necesita consultar se enfrenta a un montón de trabas burocráticas de los servicios de salud en general, sepa que a través de esta línea puede hacerlo en el momento. La idea de la Fundación es justamente que los servicios giren alrededor del consultante y no al revés, como es lo más frecuente.

¿Cuánto dura en promedio una llamada y cuántas puede realizar cada persona?

Una llamada puede durar 20 minutos, una hora o puede repetirse, eso depende de cada circunstancia. Pero en general las llamadas no duran menos de quince minutos. Si alguien necesita hablar más de una vez se le suele ofrecer una entrevista personal gratuita para orientarlo. En ese caso lo entrevista alguien especializado en admisión y, según las posibilidades de cada persona, se le recomienda qué camino seguir. Este año vamos a tratar de expandir las consultas a través de Internet mediante nuestra página web. Allí es posible hacer consultas vía e-mail y estamos estudiando la posibilidad de introducir la consulta vía chat con los mismos orientadores.

¿Cómo se forman los profesionales que atienden las consultas por teléfono en lugar de hacerlo de modo presencial, como es lo habitual en psicoterapia?

Tenemos un curso de capacitación basado en un método que ha desarrollado la Fundación y cuyo punto central se resume en la frase: “Ante la demanda no se desespere, no se angustie, construya vínculos”. Es decir, lo importante en un principio es establecer un buen vínculo con la persona que llama, que muchas veces lo hace por una situación muy grave. Al psicólogo le cuesta acostumbrarse a que sólo cuenta con ese teléfono para ayudar a la persona y establecer un buen vínculo con ella.

¿Qué diferencias piensa que podría haber en la utilización del chat como recurso para brindar orientación a las personas con problemas, en relación con el teléfono?

Hay un trabajo de Roland Barthes, “El grano en la voz”, en el que analiza qué pasa con la entrevista hablada en relación con la entrevista escrita. Él dice que en esta última se pierde cuerpo, se pierden las pausas, el tono, y algo de eso pasa en el chat. Se pierde el tono del terapeuta, el tono de la persona, las pausas. Por eso es que aún no nos hemos decidido totalmente a implementarlo, vamos a probarlo. Personalmente, tengo pacientes con los que he intercambiado “mails terapéuticos”, lo he hecho bastante. Creo que hay que ser cuidadoso, pues uno no tiene a la otra persona enfrente y por eso hay ciertos resguardos que se deben tomar. Pero hubo mails que les fueron muy útiles a mis pacientes.