Noticias en Salud Mental

El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional

Tu vergüenza es la mía

Por Eugenia Rodríguez Guzmán

¿Qué será más incómodo? El verse en el espejo del tocador al que una entra después de salir de la oficina donde fue

Eugenia Rodríguez Guzmán es egresada de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), Campus Monterrey, México.

entrevistada para una oportunidad laboral, y darse cuenta de que tenía un botón de la blusa que no tenía por qué estar desabrochado y revelaba una mayor “información visual”; o bien, encontrarse sentada, escuchando una conferencia cuyo emisor está tan nervioso –a pesar de que domina el tema-, que se le parte la voz, duda antes de comenzar a hablar, se paraliza.

Escuchamos su voz débil e insegura, lo vemos tragar saliva, quedándose inmóvil por algunos segundos –que parecen largos minutos, por cierto-, sin poder decir ni una sola palabra, como si de pronto le hubieran cortado la lengua, o se la hubieran cosido al paladar. ¿Nervios y nada más? Pánico escénico -o ataque de pánico- será.

Lo que le pasa al conferencista no nos es ajeno. Estamos ahí, sentadas, no en la orilla como para pararnos y escapar, estamos en medio del auditorio. No queremos ni voltear a ver a la persona que está a nuestro lado derecho, ni al izquierdo, y atrás, no, ¿cómo voltear atrás para incomodar –e incomodar, de paso- a los asistentes cuando sus miradas se dirigen hacia el frente?

Sentimos algo raro. Como si fuéramos nosotras las que estuviéramos en el lugar del conferencista, sentimos la llamada “vergüenza ajena”. Es como si de pronto todos esos nervios, ese pánico escénico, esa vergüenza, o lo que sea que le esté haciendo pasar un mal rato al orador, se apoderaran de nuestro ser, y ya no fuera sólo él quien sufre, sino también nosotras las que lo pasáramos mal.

¿Les ha pasado alguna vez? ¿Han sentido vergüenza ajena en algún otro contexto? De ser así, no duden que son personas altamente empáticas. Esto, de acuerdo a un estudio reciente de Plos One, publicación de divulgación científica e investigación médica.

El estudio, realizado por Sören Krach y Frieder M. Paulus de la Universidad de Philipps en Marburg, Alemania, en colaboración con Christoper J. Cohrs de la Universidad de Queen, en Belfats, Irlanda del Norte, explica que, al experimentar esta vergüenza ajena, se activan las mismas regiones cerebrales que se estimulan cuando compartimos el dolor  físico de otra persona, de ahí que se la asocie al rasgo de la empatía. De hecho, numerosas investigaciones realizadas a la fecha con nuevas tecnologías de escaneo cerebral comprueban que, tanto el dolor físico como emocional, aquel que experimentamos ante una ruptura amorosa, por ejemplo, son procesados en la misma región cerebral, conocida como corteza cingulada anterior.

Otro de los hallazgos, producto de la dinámica a la que fueron sometidos los participantes del estudio, es que la vergüenza ajena no necesariamente se siente cuando la persona expuesta está siendo testigo de su propia humillación, es posible sentirse avergonzado, inclusive, sin que la persona se percate siquiera de que tiene, por ejemplo, una mancha de mostaza en la nariz; es decir, cuando la persona desconoce aquella situación incómoda de la que ha sido víctima. De hecho, al imaginar este último escenario, la vergüenza ajena de los participantes del estudio fue aún mayor, inclusive más que al imaginarse a sí mismos en una situación incómoda.

El proceso de empatía no se ve limitado a situaciones de la vida real. La vergüenza ajena se traslada, inclusive, al mundo virtual –alguna lectura, comentario, fotografía publicada, video, etcétera-, así como a meras imaginaciones que se hacen sin que éstas sean reales, inclusive al mismo televisor, por ejemplo.

Sí, al televisor. La alta “dosis” de empatía o quizá el ser muy sensibles -vaya a saber-, hace que,  para no ser “partícipes visuales” de una escena que se está viendo en la televisión y tanta vergüenza está dando en el momento, nos cubramos los ojos con las manos, o cambiemos rápidamente de canal; o presionemos el botón de mute para ser “cómplices a medias” de la escena que el aparato audiovisual reflejó; suprimimos, por lo menos, uno de nuestros sentidos para no ser descorteses.

“¿Descortesía?”, se preguntarán. Claro, recordemos que la indiferencia se convierte en un excelente medicamento que, lejos de hacernos sentir bien, o de hacer las veces de un analgésico, por ejemplo, nos inyecta sentimientos de rechazo y olvido, sabores amargos que se traducen, también, en dolor físico. Además, al final hablamos de empatía, ¿no es así?


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15 de julio de 2011 - Posted by | COMPORTAMIENTO

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