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El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional

¡Controlate chabón!

Un estudio hecho en la Universidad de Georgia reveló que el autocontrol o la falta de control son contagiosos. Los amigos y las relaciones sociales influyen en las decisiones, aunque no quitan a nadie de la responsabillidad final por sus acciones.

Una de las cualidades que permitió al ser humano desarrollarse por encima de sus instintos y por ende de los otros animales es la facultad de controlar sus impulsos, de autocontrolarse. ”Sabio es quien puede autocontrolarse”, decía Sócrates.

El autocontrol es el dominio que una persona puede tener de sus reacciones, sentimientos e impulsos a través de una determinación voluntaria para poder hacerlos surgir o crecer, mantener o someter según su libre decisión. Esta facultad no es algo espontáneo en el hombre, algo natural, sino que lograrla implica un esfuerzo y una educación, además, claro, de miles de años de evolución de la especie. Vivir en grupos, por ejemplo, requiere de un gran autocontrol. Los humanos que aprendieron a controlar su ira y a no matar a sus congéneres ante los desacuerdos fueron los que mejor pudieron establecerse en comunidades.

Por eso, enseñar a los niños la habilidad para autocontrolarse es una de las cosas más importantes que los padres pueden hacer por ellos. Necesitarán de esa importante cualidad para triunfar en la vida y convivir en sociedad. Aprendiendo a autocontrolarse los chicos pueden tomar deciciones apropiadas y responder antes las situaciones estresantes de modo de obtener resultados positivos.

Pero parece que no sólo los padres y educadores tienen la propiedad de trasmitir las bases del autocontrol. Recientemente, un grupo de investigadores realizó un trabajo experimental en el que encontró que mirar o aún pensar acerca de alguien que tiene un buen autocontrol hace a otra persona ejercer mejor su propio autocontrol. Lo opuesto también sucede, es decir, una persona con escaso autocontrol influye sobre las otras negativamente. El efecto durante el experimento fue tan poderoso que sólo ver el nombre de alguien con buen o mal autocontrol flasheando en una pantalla durante 10 milisegundos cambió el comportamiento de los participantes en la investigación.

Los resultados provienen de una serie de estudios psicológicos recientemente publicados, en los que participaron cientos de voluntarios. El autor principal del trabajo es Michelle vanDellen, profesor asistente en el Departamento de Psicología de la Universidad de Georgia, en los Estados Unidos. Lo más destacable que puede extraerse de este estudio es que tomar para sí las influencias sociales positivas puede mejorar el autocontrol. Además, teniendo uno un mejor auto control ayuda a otros a que logren lo mismo.

La gente tiende a imitar el comportamiento de quienes la rodean. Características como fumar, usar drogas y beber son en parte hábitos que se incorporan en nuestra interacción con otras personas, es decir, que se esparcen a través de las redes sociales. El estudio de vanDellen es tal vez el primero en demostrar que el autocontrol es contagioso a partir de los comportamientos. Esto significaría que pensar sobre alguien que ejercita el autocontrol regularmente, por ejemplo, podría hacerlo a uno más apegado a sus metas financieras, profesionales o a cualquier otra cosa en la que intervenga el auto control.

Los descubrimientos de VanDellan, que fueron publicados recientemente en el journalPersonality and Social Psychollogical Bulletin, son el resultado de cinco estudios que fueron llevados adelanta a lo largo de dos años con Rick Hoyle, de la Universidad de Duke, también en los Estados Unidos.

En el primer estudio, los investigadores asignaron al azar a 36 voluntarios el pensar sobre un amigo con buen o mal autocontrol. Aquellos que pensaron en un amigo con buen autocontrol persistieron más tiempo en una tarea que habitualmemnte se usa para medir esa cualidad, mientras que lo contrario ocurrió con los que pensaron en algún amigo con mal autocontrol.

En el segundo estudio, 71 voluntarios observaron a otros ejercer el autocontrol eligiendo una zanahoria de un plato a cierta distancia en frente de ellos en lugar de una galletita ubicada en un plato cercano, mientras que otros observaron a gente comer la galletita en lugar de la zanahoria. Los voluntarios no tenían interacción con los que comían más que por el observarlos, sin embargo, su desempeño se vio alterado en el test de autocontrol dependiendo de a quién habían estado mirando.

Un tercer estudio asignó al azar a 42 voluntarios a una lista de amigos con buen y mal autocontrol. Mientras contestaban un test computarizado parta medir esta cualidad, la pantalla de la computadsora flasheaba los nombres durante 10 milisegundos, un tiempo muy rápido como para que pudieran leerlos, pero suficiente como para actuar subliminalmente. Aquellos en los que sus pantallas habían flasehado el nombre de un amigo con buen autocontrol tuvieron un mejor rendimiento en el test.

En el cuarto estudio, VanDellen indicó a 112 voluntarios que escribieran sobre un amigo con buen autocontrol, mal autocontrol, o sobre un amigo moderadamente extrovertido (para quienes integraban el grupo testigo). En el test de autocontrol posterior, aquellos que escribieron sobre un amigo con buen auto control tuvieron un mejor rendimiento que quienes lo hicieron sobre un amigo con mal autocontrol, mientras que los que escribieron sobre el amigo moderadamente extravertido obtuvieron un rendimiento ubicado entre esos dos grupos.

Por último, el quinto estudio abarcó a 117 voluntarios. Los investigadores encontraron que quienes escribieron sobre amigos con buen autocontrol fueron más rápidos para identificar palabras relacionadas con el autocontrol, como ”lograr”, ”disciplina” y ”esfuerzo”. Según el investigador, estos resultados indican que el autocontrol es contagioso, porque ser expuesto a gente con buen o mal auto control influye en cuán accesibles se vuelven los pensamiento sobre esta cualidad.

VanDellen dice que la magnitud de esta influencia debe ser lo suficientemente significativa como para marcar la diferencia entre comer o no una galletita extra en una fiesta, o decidir ir al gimnasio luego de un largo día de trabajo. El efecto no es tan fuerte como para absolver a alguien sobre la responsabilidad de sus acciones, pero es un aliciente suficiente para alejarlo de o acercarlo a la tentación. Aunque, claro, la decisión siempre es en última instancia de la persona que realliza la acción.

Quien se controla a sí mismo, no tendrá dificultad alguna para gobernar con eficacia. Al que no sabe gobernarse a sí mismo, le resultará imposible ordenar la conducta de los demás”, afirmaba Confucio. En estos tiempos turbulentos y llenos de tentaciones, bueno sería tener presente consejos de este tenor, hoy que la ciencia se encarga de comprobar la importancia de controlarse uno mismo y devela los mecanismos por los que opera.

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6 de junio de 2010 - Posted by | COMPORTAMIENTO

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