Tu vergüenza es la mía
Por Eugenia Rodríguez Guzmán
¿Qué será más incómodo? El verse en el espejo del tocador al que una entra después de salir de la oficina donde fue

Eugenia Rodríguez Guzmán es egresada de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación del Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), Campus Monterrey, México.
entrevistada para una oportunidad laboral, y darse cuenta de que tenía un botón de la blusa que no tenía por qué estar desabrochado y revelaba una mayor “información visual”; o bien, encontrarse sentada, escuchando una conferencia cuyo emisor está tan nervioso –a pesar de que domina el tema-, que se le parte la voz, duda antes de comenzar a hablar, se paraliza.
Escuchamos su voz débil e insegura, lo vemos tragar saliva, quedándose inmóvil por algunos segundos –que parecen largos minutos, por cierto-, sin poder decir ni una sola palabra, como si de pronto le hubieran cortado la lengua, o se la hubieran cosido al paladar. ¿Nervios y nada más? Pánico escénico -o ataque de pánico- será.
Lo que le pasa al conferencista no nos es ajeno. Estamos ahí, sentadas, no en la orilla como para pararnos y escapar, estamos en medio del auditorio. No queremos ni voltear a ver a la persona que está a nuestro lado derecho, ni al izquierdo, y atrás, no, ¿cómo voltear atrás para incomodar –e incomodar, de paso- a los asistentes cuando sus miradas se dirigen hacia el frente?
Sentimos algo raro. Como si fuéramos nosotras las que estuviéramos en el lugar del conferencista, sentimos la llamada “vergüenza ajena”. Es como si de pronto todos esos nervios, ese pánico escénico, esa vergüenza, o lo que sea que le esté haciendo pasar un mal rato al orador, se apoderaran de nuestro ser, y ya no fuera sólo él quien sufre, sino también nosotras las que lo pasáramos mal.
¿Les ha pasado alguna vez? ¿Han sentido vergüenza ajena en algún otro contexto? De ser así, no duden que son personas altamente empáticas. Esto, de acuerdo a un estudio reciente de Plos One, publicación de divulgación científica e investigación médica.
¿Te parece que estoy gorda?
Por Ricardo Gómez Vecchio
El modo en que las mujeres aprecian su propio cuerpo, es decir, su valoración de si están gordas o delgadas, se relaciona sólo indirectamente con su índice de masa corporal (que relaciona el peso con la altura y se usa para saber si alguien está dentro de un peso normal), según se desprende de los resultados de una investigación reciente hecha por investigadores de Ohio State University, Estados Unidos.
La influencia más fuerte sobre cómo las mujeres aprecian su cuerpo es la que ejerce el nivel de

Tracy Tylka, de Ohio State University, EEUU
importancia que le dan a cómo las juzgará la gente de su entorno. Así lo sugieren los resultados del estudio dirigido por Tracy Tylka, profesora de psicología de esa universidad.
Según este estudio, cuanto más capaz sea una mujer de concentrarse en los aspectos internos de su cuerpo, es decir en su salud y en cómo se sienta físicamente, mayor será su tendencia a comer “intuitivamemnte” guiándose por las sensaciones físicas de hambre y saciedad, en vez de por su estado emocional.
Las mujeres que se centran más en el buen funcionamiento de su cuerpo, y menos en cómo éste es valorado por los demás, tienen una imagen de su cuerpo más positiva y saludable, y una tendencia a comer de acuerdo con las necesidades en vez de hacerlo en función de las tendencias sociales de su entorno.


